Hoy, hemos leído un cuento muy interesante, y hemos reflexionado sobre la inmigración y la interculturalidad. Con ello, hemos aprendido a respetarnos unos a otros, a pesar de las diferencias individuales.
A continuación, adjuntamos el cuento.
Esperamos que os guste tanto como a nosotros.
LAS DISTINTAS CARAS DE LA LUNA
Érase una vez un joven astrónomo llamado Antón. Estaba enamorado de la luna y pasaba noches enteras observándola. Conocía perfectamente sus cráteres, los fenómenos lunares visibles desde la Tierra que se manifiestan en forma de eclipses y mareas, y soñaba con sus montañas... Pero cada veintiocho días Antón entristecía porque dejaba de ver a su amada, porque mientras duraba la luna, ella desaparecía y no le hacía ni siquiera un guiño. durante esas noches, para él eternas, Antón se desesperaba... Y por el mismo motivo, sentía que solo era plenamente feliz cada veintiocho días, y esperaba impaciente la gran cita con la luna llena, cuando su amada estallaba con todo su esplendor.
Antón se sentía prisionero de leyes no humanas. Soñaba con una noche de luna llena en la que poder atar a la luna a su ventana para siempre. Había decidido salir a buscar a alguien que lo pudiera ayudar en su empresa. Una noche ensilló su mejor caballo, tomó provisiones para un largo viaje y desapareció durante un tiempo.
Cuentan que transcurrieron años enteros hasta que volvió a mirar a la luna. En su viaje, Antón deseaba encontrar a alguien que lo ayudara a congelar para siempre la imagen de la luna llena. Para ello, se entrevistó con hombres y mujeres de razas diferentes y de nombres extraños que no acertaba a pronunciar del todo bien... Ashok, Masoud, Rasha... Y a todos ellos les preguntaba por ella, quería saber cómo se mostraba la luna en sus distintos países, qué cara les ofrecía a ellos, cómo se comportaba, cómo la veían... Y estos hombres y mujeres de rostros extraños se compadecían de Antón y para distraerlo y hacerle olvidar su pena, además de sobre la luna, le hablaban de sus vidas, le contaban sus historias, cómo habían llegado hasta allí... A la luz de las hogueras, y siempre debajo de la luna, le hablaban de sus costumbres, de su cultura y de sus gentes.
Y poco a poco, noche tras noche, la obsesión de Antón por la luna fue desapareciendo a medida que los relatos y el recuerdo de los nuevos amigos acompañaban sus horas de sueño.
Por fin un día Antón no volvió a sentir angustia. Su corazón latía tranquilo a pesar de ser una noche estrellada con luna nueva. A esas gentes distintas, a esas gentes que encontró en su camino y que eran diferentes en sus rostros y en sus formas de vestir y de hablar, pero en las que había reconocido siempre la misma cara, la suya propia, les debía ahora que todas sus noches fueran de luna llena. Había aprendido a reconocer a esa luna inmensa en sus distintas caras y trajes.
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